Doña Rosa tenía unos cincuenta y pico años, estaba casada con un próspero banquero y era dueña de una pequeña tienda de medias. Ella fue mi primer cliente. Eso no sería ningún problema si yo fuese vendedor de zapatos, pero cuando pasó lo que ahora voy a contarles acababa de terminar la carrera de medicina, en la rama de... ¡ginecología! Aunque viva cien años, nunca olvidaré aquella tarde calurosa, cuando llegó sonriente a mi consultorio...
- Doctor, tengo una molestia que no me deja dormir.
- Comprendo, doña Rosa.
- Oh no, por favor. Llámeme Rosa. Así me sentiré más cómoda.
- Muy bien, Rosa. ¿Dónde tiene esa molestia?
- Doctor, por lo que sé, usted es proctólogo. Tendría que saber dónde está ubicada mi molestia, ¿no cree?
- Sí, disculpe mi pregunta. Rosa, dígame, ¿cómo es la molestia?
- Bueno, doctor... no sé como explicarle...
- Déjeme ayudarle. ¿Le duele, le arde o le pica... ahí detrás?
- Sí, me pica.
- ¿A todas horas o solo en momentos determinados, por ejemplo, después de hacer sus necesidades en el baño?
- No, doctor. Me pica de noche. Una o dos veces a la semana...