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Publicado
Visitas: 18213
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Escrito por Administrator
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martes, 16 agosto 2005 00:01 |
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Página 1 de 9 Con casi 14 a?os a unos cuantos d?as de cumplirlos, viv?a esa ?poca imprecisa durante la cual no sabemos que queremos y no podemos imaginar para que nacimos. Edad complicada, de oscuridad mental, de incertidumbre y afirmaci?n del car?cter.
En esos d?as acud?a a clases por la tarde, dedicando la ma?ana a poner orden en lo estudiado el d?a anterior y a tareas en la casa. Padres y hermanos hab?an salido desde hac?a alg?n tiempo a sus labores. Terminaba el desayuno. Rosita, una joven mujer, casi de la misma edad, un poco menor por meses, que ayudaba en las tareas dom?sticas, no muy alta, bonita, como todas las mujeres j?venes, con el cuerpo apuntando al desarrollo y picard?a en la mirada de sus hermosos ojos gris verdoso; se acerc? y un poco turbada pregunt?: - ?ya se ba???, a lo cual respond?: - lo hago a las cinco de la ma?ana Rosita hermosa, y ya son las ocho. - ?Porqu??, pregunt? a mi vez. Ella baj? un poco la mirada, pero respondi?: - es que yo tambi?n me quiero ba?ar. – Desde luego Rosita, puedes ba?arte cuando lo desees. Recuerda que en el ba?o siempre hay agua caliente. – No, joven, usted no me entiende, yo quiero ba?arme, pero junto con usted. Lo que escuch? me impresion? al mismo tiempo que me excit?, pero siempre, desde muy ni?o he aplicado un principio: “a la mujer no se la lastima ni con el pensamiento”; por tanto, fiel a ese principio de conducta hecho m?o desde hac?a largos a?os atr?s, apunt?: – Rosita, no se hable m?s, vamos al ba?o. Su mirada brill?, pero not? cierta indecisi?n, sin embargo, para que no tuviera duda, fui a mi rec?mara por mi ropa y ella, al verme hacerlo, sac? su ropa limpia que tra?a en una peque?a bolsa de mano.
No tardamos en reunirnos ni un minuto. Cerramos la puerta del ba?o para evitar el aire fr?o y abr? el agua para que no estuviera fr?a al entrar a la ducha. Rosita, un poco cortada, daba muestras de no saber que hacer, lo que me desorient? un poco, ya que antes, al menos aparentemente, hab?a sido muy directa en su petici?n; pero en fin, al ver que no se desvest?a, me acerque y con delicadeza dije: - ?me permites que te quite la ropa, para podernos ba?ar?. – Si, me respondi?, con dulzura y poca voz. Tom? su vestido de la parte inferior y lo fui levantando poco a poco hasta que sali? por su cabeza, quit? luego un fondo completo que la cubr?a, usando el mismo procedimiento, quedando al descubierto su cuerpo, excepto por la pantaleta que tom? por el el?stico y proced? a bajar hasta que sali? por sus pies. Me detuve a contemplar su cuerpo desnudo, un poco falto de carnes, pero bien formado. En eso le dije: - ?Me ayudas a desvestirme, Rosita?, pero en lugar de responderme, empez? a temblar un poco, por el fr?o, as? que me apresur? a quitarme la ropa y la abrac? con mucha ternura, acurruc?ndola entre mis brazos, al mismo tiempo que pasaba mi mano por su espalda para darle algo de calor, pero intu? que ella temblaba un poco por fr?o y otro poco por la emoci?n de estar desnudos. La tom? de la mano y la conduje bajo el agua caliente; suspir? profundamente una vez que su cuerpo sinti? el calor y la suavidad del agua.
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